EL REMEDIO


HOMBRE-LEYENDO

Aquel Domingo por la mañana, sintió un extraño malestar, algo indescriptible, al ver a su prima Luisita, llegar a la casa de la abuela después de misa. Ella tenía unos doce años, un par menos que él, era blanca y delgada, además de ruidosa; irradiaba felicidad e inocencia, mientras jugaba con otras dos niñas. Sus vestidos de colores claros, de raso almidonado, contrastaban con la polvorienta entrada y el rústico aspecto de la vieja casa. Alejo no sabía que pasaba en su interior, pero con solo mirar a la niña, perdía el control y su mente viajaba a sitios desconocidos. Recordó el momento diariamente por un par de meses, pero la imagen desapareció, aunque volvía brevemente de vez en cuando. Dejó de ver a Luisa por varios años.

Ya llevaba más de dos meses en la ciudad y aunque se sentía solitario, su trabajo lo distraía, pues era su única actividad; estaba consciente de que al principio, su estadía sería bastante difícil. Desde el momento que vio a Elvia, aquel cálido día de Julio, su vida cambió y se sintió diferente, pues solo con tenerla en la mente, se sentía acompañado; era como una obsesión que no lo dejaba descansar, pues su imagen le llegaba sin cesar, aun en los momentos cuando estaba ocupado en el taller.

Así, se esforzó en encontrar formas de tener la mente ocupada. Se recordó del extraño sentimiento que le había causado hace unos años, la imagen de Luisita, aquel Domingo en su pueblo. Habría sido aquello, amor? Su primer amor?

Cierto día leyó; una experiencia nueva para él. Encontró el periódico La Opinión, diario Angelino; a medida que lo hojeaba, descubría nuevos horizontes. Desde el primer momento, palpó algo diferente; encontró un mundo que se extendía más allá del perímetro de un metro, el que creía, se le había impuesto desde su infancia. Nunca se le había ocurrido leer y esta era una actividad, la que mientras vivió en Misión, nunca se imaginó llegaría a experimentar. Es más, nadie que él conociera, leía, incluyendo a sus queridos padres.

Se convirtió en un asiduo cliente de Taco Bell, donde, después de caminar unas seis cuadras, acudía al medio día tres o cuatro veces en días de semana, buscando la oportunidad de cruzar unas palabras con Elvia. Su turno en el taller, de nueve de la noche a seis de la mañana, le daba la oportunidad de dormir unas horas, para después acudir a su <<cita de amor>>, en aquel restaurante. Gracias a su rutina, descubrió que de vez en cuando, ella llegaba allí sola. Aunque Alejo a veces se sentaba en una mesa cercana, las risas y la conversación exageradamente animada de ella y sus compañeras lo intimidaban, hasta el punto de casi impedirle levantar la mirada. Estaba consciente de que durante su niñez, su carácter reservado y su timidez, lo habían relegado a un segundo plano con sus compañeros de escuela, hasta convertirlo en ocasiones, en víctima de algún maltrato físico y verbal.

Alejo extrañaba su vida pasada en Misión del Arco, aldea aledaña a Hermosillo. Aunque su niñez se desarrolló en un ambiente de bastante pobreza, fue feliz y disfrutó del cariño de sus padres, quienes volcaban todo su amor, en su hijo único. Inculcarle buenas costumbres, fue siempre para ellos, prioridad para con el niño. Tal vez, su trabajo como chofer de la Municipalidad, le dio a Pepe la oportunidad de exponerse a una calidad de vida un poco mejor de la que había experimentado antes por tantos años, mientras trabajaba como jornalero de agricultura. Al menos, la gente que lo rodeaba ahora, tenia un nivel mas alto, lo que le despertó gran curiosidad hacia lo que el nunca tuvo, educación.

Algún día, alguien le dijo, −<<Pepe, la ignorancia tiene un remedio, la estupidez, no. La vida sin conocimiento, no es vida>>.

Esta frase quedo clavada en su cerebro, pero para él ya era un poco tarde. El amor de su vida, su hijo Alejandro, había terminado la primaria hace seis años y no continuó sus estudios, pues la escuela secundaria mas cercana a Misión, estaba situada dentro del perímetro urbano de Hermosillo; un imposible, pues la distancia era grande y no había transporte a las horas requeridas. En ese entonces, Pepe no le prestó gran importancia a este hecho y se conformó con conseguirle a Alejo, trabajos temporales en el almacén de abarrotes de la localidad, del que un conocido suyo era dueño. El muchacho, unos años después se empleó como ayudante de albañilería, pero sin posibilidad alguna de progresar. No le gustaba este oficio y a menudo se preguntaba, como encontrar algo mejor. Cuando pensaba en ello, su mente se confundía. La vida en Misión, era igual para todos; día tras día lo mismo, unos días mas polvo en las calles, otros menos. Tal vez a causa de esto, Alejo había por un tiempo ya, empezado a mostrar un gran deseo de irse al norte, a los Estados Unidos; su vida en Misión, no tenía sentido y le aterraba pasar el resto de su existencia allí. Empezó a ahorrar. Cuando su padre le expresaba sus deseos de que aprendiera un oficio determinado, el muchacho no le prestaba atención, pues su imaginaria aventura, había evolucionado hasta convertirse en obsesión. La decisión estaba hecha y la espera de algo mas de un año se detuvo, solo cuando calculó que la cantidad de dinero ahorrada, era suficiente para su proyecto.

El lugar apropiado de cruce sería la ciudad fronteriza de Nogales, el punto mas cercano en el Estado de Sonora. Hermosillo estaba solo a tres horas! Oía que mucha gente cruzaba por allí; para ello, había que recorrer, un poco transitado y retirado sendero que bordeaba la ciudad, para después de cruzar, atravesar un gran trecho del enorme y temible desierto. Consideró un privilegio estar relativamente cerca de la frontera, pues hasta conseguir el <<coyote>> se le facilitó, aunque éste, debería ser una persona confiable para evitar el peligro de una estafa, las que sucedían con frecuencia. El escogido fue conseguido por su tío Luis, que era hombre bien relacionado en la comunidad.

Durante la cita preliminar, Alejo lo encontró en una cantina que abría sus puertas a la clientela nogaleña, a medio día. <<Flechas>>, así le decían, era un hombre huraño, que a sus cuarenta años, no había sonreído nunca en su vida.

Él, de inmediato puso las cartas sobre la mesa: −Mire joven, no quiero saber ni su nombre; usted me da 2,000 dólares en billetes de 100 y yo lo cruzo. Nuestro grupo estará compuesto por mi persona y seis o siete de ustedes. Saldremos de aquí en dos o tres días, cuando se complete el grupo. No quiero mujeres ni menores de edad. Su equipaje máximo será una mochila de tamaño regular; usted trae sus alimentos, los que deberán incluir  plátanos, pues dan energía; por ahí conseguimos agua con los indios Seri; los conozco. Y esté listo a caminar dos días completos con sus noches, sin quejarse. Mi responsabilidad termina, cuando lo coloque en el centro de la ciudad de Santa Ana, en California. Su contacto allá no es mi responsabilidad. No me pregunte ni me pida nada mas, esta claro?

−Si señor.

−A propósito, que edad tiene usted?

−Alejo mintió−, −21 años.

Durante el último año, antes de llegar a California, se había creado una idea de lo que podría ser el gran país del norte, pero nunca su cerebro llego a imaginar las tremendas diferencias y los grandes contrastes, no solo con Misión sino inclusive con Hermosillo, ciudad la que siempre había pensado, era enorme. Su gran expectativa radicaba en un incierto futuro, aunque por muchos años, había oído cuan fácil era la vida allí, las enormes cantidades de dinero que podían ganarse, con mucha facilidad; inclusive, creía alguna vez haber oído que los dólares crecían en los árboles. Cada hoja era un billete de cien.

Extrañaba a sus padres y valoraba el amor que le dieron, además del sentimiento que mostraron, durante las últimas semanas antes su partida. Pensaba constantemente en su madre, quien había quedado invalida en un accidente. El día que se despidieron, ella lloraba desconsoladamente.

−Hijo −le dijo Pepe−, no quiero que te preocupes por mandarnos dinero; solo mantennos informados de tu vida. −El pobre hombre estaba nervioso; sintió que había llegado el momento de darle al amado hijo, su único y limitado legado−.

−Alejo −añadió−, recuerda que la ignorancia tiene un remedio, la estupidez, no. La vida sin conocimiento, no es vida −se sintió tan orgulloso, como si la frase fuera suya propia−.

–Nunca lo olvides −agregó−.

Ya allí, hacía cuentas y calculaba que los 200 dólares restantes, no le alcanzarían por mucho tiempo. −Uno de los del grupo le dijo−: −tengo referencia de un sitio donde dan hospedaje a gente que ha cruzado, te interesa?

Esa noche, llegaron a una casona de mal aspecto, donde fueron acomodados en una habitación grande, donde cinco catres estaban mal alineados, como si alguien lo hubiera hecho a propósito. Olía a humedad. Había prendas de vestir por doquier y un televisor pequeño y viejo, delante del cual, sentados en el piso y con gran algarabía, se agrupaban dos o tres, mirando un partido de Las Chivas.

Alejo respiró hondo −por lo menos tenía donde pernoctar desde el primer día−.

<<Si las cosas salen así, auguro un buen futuro>>, −pensó−; <<además, el idioma no me asusta, pues será cuestión de meses; sé que salgo adelante>>.

−Fumas?

−No, gracias.

−Mi nombre es Carlos pero me llaman Carlín, cual es tu nombre?

−Alejo.

−Oigo que acabas de cruzar?

−Así es.

−Aquí tengo dos <<Bod Lait>>, quieres una?

−Que es eso?

−Cervezas <<güey>>, quieres una?

−Bueno.

−Soy Roque, el capataz del segundo turno; es cierto que necesito un aprendiz, pero no podré pagarte mucho; el patrón no me lo aprobaría, pues no tienes ni papeles  ni experiencia alguna; si aceptas cinco dólares por hora puedes empezar mañana mismo −Alejo asintió, pensando−: <<cinco dólares? Una fortuna!>>

El taller era de industria metal-mecánica, por consiguiente, sin saber nada de nada, las primeras dos semanas, todo lo que hizo fue limpiar aquí, recoger allá, en fin lo que Roque le asignara. A los dos meses, Alejo se había familiarizado un poco con las diferentes maquinas y materiales a usar y por lo menos, sabía sus nombres; se sentía bien, pues notaba que apreciaban su trabajo; además, aprendía mucho. A menudo pensaba, <<cuan orgulloso estaría mi’apá, si se enterara de todo esto!>>

Muy rápido descubrió tres cosas: la primera, que el idioma, no iba a ser cuestión de meses, sino de años; la segunda, que por ahora su principal enemigo era el no tener papeles y la tercera, que la soledad lo deprimía mucho y muy frecuentemente. Aunque conversaba con Carlín, eran intercambios de palabras sin ningún valor, pues éste, además de ser un ignorante, con sus gestos y ademanes revelaba que su calidad humana era mediocre. En el fondo sabía que éste no era el amigo que él deseaba. Todos los días traía comida para varios, pues trabajaba limpiando dos restaurantes y al final de sus jornadas, le regalaban sobras de la cocina. Fumaba como una chimenea y tomaba cerveza <<Bod Lait>> todos los días, a toda hora. Fuera de eso, siempre cargaba una navaja bastante grande, dizque <<por si acaso>>. Fuera de ser muy malgeniado, era dominante y manipulador; en fin, era una verdadera rata, pero los otros inquilinos, a pesar de su terrible halitosis, lo seguían sin chistar, pues reconocían que tenía liderazgo y además, era muy gracioso y ocurrente.

Aunque Roque era un hombre de unos cuarenta años, Alejo congenió mucho con él. Hablaba lentamente, en una forma que inspiraba confianza, tal vez porque en cada frase, exponía sabiduría y conocimiento; se ufanaba de haber terminado la escuela secundaria y además, leía periódicos y revistas. Analizaba personas y situaciones, comentándolas con Alejo, una experiencia que le embrujaba, pero también le enseñaba y le abría nuevos horizontes. Así, poco a poco, empezó a respetarlo mucho, hasta que se convirtió en su consejero, confidente y amigo.

Unos días después de ver a Elvia por primera vez, le comentó: −vi a esta muchacha en el Taco Bell y me gustó mucho; me sentí como nunca en mi vida −se la describió con detalle−, tiene pelo negro, ojos soñadores color café y un cutis hermoso; es como un ángel. Ya la he visto tres veces.

−Roque sonrió−, −Ja, ja, parece que estuvieras enamorado cabrón!

El Sábado en la noche después de comer algo, Alejo se junto con Carlín y otros dos, quienes habían comprado un doce de <<Bod Lait>>. Contribuyó su dinero, como le requirieron y recibió su botella.

−Mas tarde podemos ir donde La Pelusa.

−Donde quien? −inquirió Alejo−.

−La Pelusa, una putita cuarentona que conocemos. Ella tiene un cuarto con acceso desde la calle; le cobra a los clientes 60 dólares, pero si nosotros le damos 75, en una hora nos atiende a los tres, uno tras otro. Somos sus amigos y ya hemos ido varias veces. A lo mejor si tu vienes, nos sale más barato.

Alejo no podía salir de su asombro! No estaba dispuesto a esperar en fila como para comprar comida, para tener sexo. Que bajeza! Además, se moría de terror, pues nunca había estado con una mujer. Lo mas cerca que había estado al sexo, fue un año antes de cruzar, cuando su tío Luis lo llevó a Guaymas a trabajar por un mes en la construcción de unas bodegas, en el puerto. Como era ciudad turística de buen tamaño, una noche conoció en la playa una gringuita algo mayor que él, con la que, sin cruzar palabra y después de caminar cogidos de la mano por algo así como una hora, acabaron acostándose sobre la arena en un recodo. Allí se besaron apasionadamente por largo rato, con lengua y todo, lo que el nunca había experimentado anteriormente. El corazón de Alejo latía a cien kilómetros por hora, pero la audacia y la intensidad de la gringuita no pudieron vencer los nervios y la timidez del adolescente, de manera que la cosa no pasó a mayores.

−No gracias Carlín −dijo−. Estoy pesado del estomago; tal vez otro día.

Pensó en Elvia y se sintió orgulloso de su reacción a tan vergonzosa invitación. Lo que sentía por ella era indescriptible y los intervalos de veinticuatro horas, que se convertían en tres largos días durante los fines de semana, eran una agonía, con la que tenía que vivir. En otras oportunidades, después de su esperanzada caminata, el corazón se le arrugaba, cuando descubría que su amada no había acudido a la “cita de amor”.

Aquella tarde fue diferente, pues por primera vez después de varias semanas de verla allí, Elvia lo miro y sonrió, pero para su mala fortuna, estaba con las amigas. Alejo no sabía si era una visión que su mente le impuso, pero el vio esa sonrisa de dos segundos, que le parecieron dos días. Estaba feliz y su corazón palpitó dentro de su pecho como nunca. Al llegar esa noche al taller, buscó una oportunidad de hablar con Roque. Cuando lo vio tomando un respiro, se le acercó y le susurró rápidamente: −Roque, hoy ella me miró y me sonrió!

−Roque soltó una sonora carcajada−, −Ja, ja, ahora sí que estás enamorado cabrón!

Más tarde, como a media noche y mientras comían algo durante el descanso, Alejo le comentó: −me desespera la cueva donde vivo, así como todas las ratas que allí habitan; no hablan sino de fútbol, de viejas, de trampear y de cómo sacar ventaja deshonesta de cualquier situación. Además, tienen un viejo pasa cinta, donde miran películas porno todo el tiempo. Decepcionante!

−Déjame hablar con Juana −anotó Roque−, a ver como te podemos ayudar.

Una larga escalera comunicaba el pasillo de la entrada con el pequeño apartamento, el que constaba solo de dos habitaciones adyacentes y un baño; al fondo, una cocina y sala diminutas. El cuarto que le ofrecieron, era ridículamente pequeño y los espacios se limitaban aun más, debido a la existencia de un gigantesco armario, donde ellos almacenaban ropa poco usada de ambos, así como objetos viejos, de esos que la gente guarda porque algún día tuvieron algún valor, pero que hoy solo ofrecen la función de estorbar. Junto al camastro, había enclavadas a la pared, tres repisas, que a sugerencia de Juana, podría usar para almacenar sus pocas prendas de vestir. La renta, sería un poco más de lo que pagaba en la casona, pero era un cambio favorable, pues podría abandonar aquel repulsivo lugar y adicionalmente, dejaría de ver al mediocre Carlín y sus secuaces.

Juana, trabajaba de cocinera en un restaurante cercano, donde su jornada se extendía de media mañana, por ocho horas, hasta el anochecer. Sus horarios cruzados, forzaban a la pareja a que sus frecuentes encuentros íntimos, se sucedieran en el único momento disponible a ambos, a eso de las ocho de la mañana, cuando ella despertaba. Era bastante menor que su marido; una buena mujer, de apariencia atractiva sin ser hermosa; sus pechos abultados y su baja estatura exageraban las pocas libras extras que tenía. Su tez clara, contrastaba con el color oscuro de su pelo y ojos; su jovialidad y constante buen humor, sugerían que era un ser feliz. Se amaban y la pareja tenía una “relación envidiable”, según decían los vecinos del primer piso.

Cuando hacían el amor por las mañanas, no se esforzaban en absoluto en cuidarse de los ruidos emitidos por su intensa pasión, así como de los producidos por la vieja cama. Día tras día, casi a diario. Las primeras veces que Alejo los oyó, trató de ignorarlos, pero los gemidos de Juana eran vívidos y claros. Después se acostumbró y llegó casi a esperar con ansiedad aquellos instantes. Si se despertaba, aunque en dichos momentos estaba en <<media noche>>, con frecuencia daba entrada libre a su imaginación e iniciaba su propia sesión de amor, del único modo a su alcance.

Alejo conceptuaba que se acercaba el día en que enfrentaría a Elvia. Debía estar preparado, por lo tanto, había que planear una estrategia para el gran momento. Sin embargo, pasaban los días y la oportunidad no llegaba, pues o estaba todo el grupo de muchachas, tres o cuatro, o ella no se presentaba.

−Señorita, buenas tardes, me llamo Alejo, soy de Hermosillo, −cuál es su nombre señorita, yo soy Alejo, −me permite que me siente señorita?, −preparaba las frases, mientras caminaba−.

Dos semanas más pasaron, hasta que cierto día, Alejo llegó al Taco Bell unos minutos temprano y para su sorpresa, Elvia entró casi al tiempo y tomó asiento en la mesa usual de ella; portaba dos o tres libros bajo uno de sus brazos. –Ya deben llegar las amigas, −pensó pesimista−, pero pasaron varios minutos . . . y nadie llegó. Su cerebro se nubló, sus entrañas empezaron a dolerle, todo su cuerpo temblaba como una hoja al viento y una gran confusión se apoderó de él.

Había llegado el momento de acercarse a ella y decir una de las frases que tantas veces había practicado mentalmente; cual de todas sería? Para eso, tendría que aproximarse primero, pero no podía moverse de la pequeña mesa.

Ella lo miró sonriente y lo saludó, −Hola, cuál es tu nombre?

−Él guardo silencio por algunos segundos, hasta que contestó tímidamente−, −Alejandro, llámame Alejo.

−Pero acércate por Dios, para poder conversar!

El lo hizo y tomó asiento. La cercanía de ella creaba algo indescriptible en la mente de Alejo; no estaba seguro de lo que era, pero ese sentimiento lo inhibía y no lo dejaba actuar.

−Gusto de conocerte Alejo, te he visto algunas veces aquí. Vives cerca?

−A unas cuadras; me gusta la comida de aquí −agregó por decir algo; las palabras no le salían muy fácilmente y aunque trataba y se esforzaba, no se imaginaba por donde comenzar una conversación−.

−Tu vives cerca? –arriesgó−.

−Tengo que caminar un gran trecho para llegar a casa, pero ya estoy acostumbrada, pues lo hago hace más de un año.

−Si vives algo lejos, por qué frecuentas este lugar?

−Estudio en el <<Santa Ana College>>, allí en la esquina; nos reunimos para almorzar aquí. Nos gusta, pero más que todo, es conveniente.

Alejo no encontraba una pregunta o un comentario, lo que causaba que las frases estuvieran separadas por indeseables lapsos de silencio. −Por fin aventuró−, −Como te llamas?

−Elvia, Elvia Mancuso −respondió, mientras decía:−, −ya vengo Alejo, déjame ordenar en el mostrador; tu no vas a ordenar algo?

–Cierto, solo un café −contestó él−, vamos.

La observó mientras caminaba delante de el; aparentaba su misma edad, probablemente cerca de  veinte años. Tenía una buena estatura, la que le daba una magnífica esbeltez a su cuerpo; la prolijidad no exagerada de su maquillaje, resaltaba la belleza de sus facciones: cabello negro lacio, ojos soñadores color café y un cutis hermoso. Tal como se la había descrito a Roque hace varias semanas. Sus manos delgadas y bien cuidadas, denotaban que nunca había trabajado en alguna labor manual, que demandara el desgaste de ellas.

De vuelta a la mesa, ella prosiguió tomando la iniciativa.

−Estudias? –La pregunta tomó a Alejo desprevenido y la respuesta, como las anteriores, se hizo esperar por un tiempo. Esto no lo había preparado, por lo tanto, tartamudeando un poco, dijo−: −Eh, no; por ahora estoy trabajando pues me acabo de establecer en el área. Hace unos meses llegué de Hermosillo . . .

–Ella, sin decir palabra y mirándolo fijamente, esperó que completara su descripción, pero él allí se detuvo y no dijo más−.

Alejo pensó que al mencionar dicha ciudad, su imagen ganaría algo. Misión era un pequeño pueblo y no quería revelar su verdadero origen, aunque se sentía muy orgulloso de él, principalmente, por las admirables costumbres que sus padres le habían inculcado desde pequeño. Se sentía diferente y superior, en especial cuando estaba alrededor de gente corriente como Carlín y los otros; de alguna forma, aprendió a apreciar su formación.

−Con quien vives? –preguntó Elvia de una forma bastante directa−.

−Con una pareja amiga −al referirse a Roque y Juana, sabía bien que eran los únicos seres humanos en su vida, en este momento−; el es capataz en mi trabajo; es muy bueno conmigo y me ha brindado su amistad. Son mis únicos amigos.

−No tienes familia aquí?

−No.

−Cruzaste hace poco, cierto? –aventuró Elvia sin titubeos, mirándolo a los ojos y apurando un sorbo de limonada−.

Por primera vez en su vida, Alejo sintió que alguien le retaba a explicar su existencia; la persona que lo hacía, era el Ángel de la Guarda, que lo había acompañado día y noche, por los últimos tres meses; sintió pánico, quería explicar y justificar su destino hasta aquí, pero no encontró palabras para hacerlo.

−Si −contestó, comprendiendo que estaba revelando su gran secreto−.

−Terminé de comer y debo apurarme, pues mi siguiente clase ya debe empezar. Te veo pronto, cierto Alejo?

−El asintió. No había ni tocado la taza de café−.

–Si Elvia, que tengas un buen día.

Hubiera querido tener más tiempo con ella; eran tantas las cosas que hubiera querido preguntarle . . . pero los minutos transcurrieron demasiado rápido. Hubiera querido saber cuando la vería de nuevo, pero el temor y la timidez no se lo permitieron; además, por ser Viernes, le llegaba un largo fin de semana, sin verla.

Hizo un recuento de la conversación; le habían intimidado las preguntas que le hizo, referentes a su vida pasada y presente; para el no fue un secreto, que hoy se había sentido limitado frente a ella. Cuando se acercaron al mostrador del sitio a poner sus órdenes, ella lo hizo en inglés y retornó con parsimonia a la mesa. El puso la suya sin dudarlo, en español, su única opción. Fue notorio para él, que Elvia tenía una gran seguridad al hablar; se desenvolvía con facilidad, como si no tuviera que planear su siguiente acción; lo miraba fijamente cuando hablaba, contrariamente a él, quien paso a paso, trataba tímidamente de manejar cada momento, lo mejor que podía.

Experimentó algo que nunca antes se había detenido a analizar; sintió que a pesar de ser seres humanos, eran muy diferentes. La sintió superior −pensó−, sería esto posible?

Por sí mismo, había descubierto que existía algo así como un muro de concreto, separándolos.

La siguiente vez que conversó con Roque, le describió en detalle su conversación; le confió su sentimiento de tristeza y desasosiego, por el obstáculo que se le presentaba. Ella inundaba forzadamente sus pensamientos más que nunca y él estaba decidido a luchar contra esa barrera, aunque fuera insalvable.

−Alejo −dijo Roque−, dándole una mirada fraternal. Tómalo con calma, no te apresures; no dejes que tus sentimientos crezcan tan rápidamente; trata de controlarlos. Quiero divulgarte −dijo−, algo a lo que seguramente no has estado expuesto en tu pasado; es más, es algo que seguramente no sabes que existe. Esa gran muralla que has encontrado entre ella y tú, es real, es muy sólida y se llama <<desigualdad social>>. Ésta, ha obstaculizado y ha orientado el destino de muchos países y culturas, por siglos. Es causada por varios factores, unos válidos, otros no; es un fenómeno existente y es un tema que no es fácil de entender, pero el que con el tiempo, descubrirás por ti mismo.

Muy confuso, miraba a Roque, como invitándolo a proseguir con sus explicaciones.

−Me quieres decir −dijo entrecortadamente−, que no hay un remedio para esta situación?

−Lo hay, pero implica un gran esfuerzo, especialmente para una persona como tú, con tus limitaciones.

El joven muchacho, escuchaba ansiosamente, mientras trataba de comprender el significado de tan extraña revelación. Solo el oír que alguien le mencionaba <<sus limitaciones>>, le trajo a la mente, el legado de Pepe, su padre: <<Alejo, recuerda que la ignorancia tiene un remedio, la estupidez, no. La vida sin conocimiento, no es vida>>.

Comprendió lo que Roque le daba a entender. El enorme muro era realmente, de concreto.

Había llegado Diciembre y hacía bastante frío; frío al estilo de California. Aquella tarde a pesar de las recomendaciones de Roque, el sintió que debería de alguna forma, tratar de expresarle a Elvia sus sentimientos. Tenía que hacerlo, no había otra opción; <<ahora o nunca>> −pensó−.

<<Deseaba mucho verte>> –había escogido, después de muchas otras, esta frase; no había otra alternativa; sólo tenía que esperar el momento propicio−.

Ella llegó con tres amigas, sin embargo, no tomó asiento con sus compañeras. Por el contrario, después de colocar sus libros sobre una de las sillas, se aproximó a la pequeña mesa donde estaba Alejo y saludándolo, se sentó.

−Hola Alejo, me da gusto encontrarte −exclamó; su sonrisa era sincera, lo que le dio a él un respiro inesperado. Además, estaba más hermosa que nunca!−.

−Como estás Elvia −respondió, esta vez con menos temor−.

Recordó los sabios consejos de Roque y aunque trataba de ordenar sus pensamientos, tratando de aparentar serenidad, no era fácil. Notó que las amigas desde la otra mesa, los observaban de vez en cuando, sonriendo, como pendientes de lo que aconteciera.

<<Al fin y al cabo son mujeres>> −pensó−.

−Cómo van tus estudios? –inquirió con algo de confianza−.

−Muy bien y tu trabajo?

<<La frase, tenía que escupir la maldita frase!>>

−Estoy contento, pues aprendo continuamente, lo que me motiva mucho. –Alejo respiró profundo, se armó de valor y dijo−: −deseaba mucho verte.

−Ella contestó−: −Ya es Diciembre; llegó le fin del año muy rápidamente; me encanta la Navidad.

−El, se desconcertó, pero de nuevo y casi con rabia, repitió−: −deseaba mucho verte.

−Elvia esperó unos instantes, lo miró fijamente y dijo con convencimiento−:

−Deseo que sepas Alejo, que quiero ser tu amiga, sólo tu amiga.

Él sintió una ráfaga helada recorrer su cuerpo; quiso pedir una explicación a esa fría y cortante frase, pero no se sentía con derecho a hacerlo. Ella le estaba revelando sus sentimientos íntimos, de una forma bastante prematura . . . nunca esperada.

Viendo la cara de desconcierto del muchacho, Elvia, cambiando de posición en la pequeña silla, expresó, mirándolo fijamente como hasta ahora lo había hecho:

−Mis padres vinieron ilegalmente, ya casados, de la ciudad de Monterrey en el año 1.982. Ya hace 25 años, en 1.986 se acogieron a la Amnistía del presidente Reagan y al cumplir el tiempo requerido de cinco años, adquirieron la ciudadanía americana. Al poco tiempo nací yo. Mi padre, una persona de carácter muy fuerte, terco, malgeniado, machista y orgulloso, <<un tirano con nosotros>>, como dice mi madre, salvaguarda su estado migratorio, como si fuera un título nobiliario. Hace unos años, en un día de esos en que se toma diez docenas de cervezas, me dijo en voz alta: <<Hija, nunca me vayas a traer un novio ilegal a esta casa! Te lo advierto, para evitar futuros problemas>>.

Alejo sintió que el piso se movía bajo él. No estaba seguro de lo que le sucedía. Lo que sí comprendió, fue que la crueldad de la forma en que lo dijo, lo bajó de su nube imaginaria en un instante. Sin embargo no pronunció palabra. Solo la miró.

Ella continuó calmadamente:

−Además, quiero ser sincera contigo; he estado viendo a alguien por unos meses. Él dice que me quiere y yo siento que lo extraño cuando no estoy con él. Lo principal Alejo, es que mi padre gusta de este hombre y eso es primordial para mí. Tiene un trabajo estable, pues administra dos restaurantes; además tiene sus papeles en regla y ya te conté cuan importante es esto para mi padre, quien afirma que él, además de poseer buen liderazgo, un importante atributo en su opinión, es también muy gracioso y ocurrente. Su nombre es Carlos, pero le dicen Carlín.

El muro de concreto se derrumbó inmediatamente y allí mismo se formó un enorme precipicio; ella a un lado y él al otro.

Observándolo, pudo apreciar cuan afectado se le vio, ante su inesperada revelación.

−No quiero lastimar tus sentimientos Alejo −dijo−, pero quiero que sepas todo esto, pues he observado ya por un tiempo el modo como me miras, además de tu actitud cuando estoy presente y me veo obligada a revelarte lo que acabas de oír.

Ella prosiguió hablando dos o tres minutos más, durante los cuales enfatizó el tema de la Navidad, su ansiedad esperándola y como la vivía. Estas palabras, no fueron asimiladas por Alejo, pues él estaba atónito, confundido y decepcionado. Comprendía que con sus cuentos navideños, ella estaba sólo tratando de desviar su atención.

−Por el contrario Elvia –contestó él con determinación−, agradezco tu franqueza, pues lo que haz dicho, me ayudará a encontrar un remedio.

Ella sonriendo, le extendió su mano derecha; él la estrecho por tres segundos, tratando de atrapar en este corto período de tiempo, lo que pensó, hubiera podido durar tres siglos. Se incorporó para dirigirse hacia sus amigas, aunque su mente no comprendió del todo el final de aquella enigmática frase: <<me ayudará a encontrar un remedio>>.

Caminando de vuelta, Alejo comprendió que su vida había tomado una nueva perspectiva. Apuró el paso. Al llegar al apartamento, encontró a Roque viendo televisión.

−Querido amigo −le dijo−,  como tú me has dicho, todos tenemos días buenos y malos. Hoy es mi día bueno, pues recordé que hace algún tiempo, alguien importante me indicó que la ignorancia tiene un remedio; te suplico . . . ayúdame a encontrarlo.

−Roque sonrió, diciendo−: −empecemos de inmediato.

FIN

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