EL LICENCIADO COOPER


EL LICENCIADO COOPER

Screen shot 2011-06-02 at 7.30.59 PM

Cuando muy joven, mi padre un día me dijo: −Te voy a adelantar tu herencia; no tiene valor material alguno, pero te servirá como si lo tuviera. Es todo lo que te puedo dar –agregó−; no tengo nada más.

−Me miró profundamente, continuando−: −Si alguna vez tienes problemas mayores, si en tu vida encuentras obstáculos insalvables, si afrontas una crisis demoledora y despiadada, si se te viene un derrumbe de contrariedades del que no puedes escapar, si ves que tu existencia recibe ataques para los que no encuentras defensa alguna, si estás sólo y necesitas una mano que te ayude, debes acudir al licenciado Cooper. El, en su inmensa sabiduría, te asistirá y te mostrara como sortear tus penas.

−El es mi amigo; me ofreció su mente sabia para asistir a mis allegados en caso de necesidad, pues me debe un enorme favor. Solo identifícate con él, dile quien eres y ten fe en sus sabias enseñanzas. No te dará soluciones, sólo te mostrará las mejores rutas a seguir, buenas opciones. Pero presta atención, −enfatizó−, primero, ten completa fe en él; segundo, no malgastes su tiempo, pues su maldita impaciencia, muy temida por todos, supera su gran conocimiento.

−Para encontrar a Cooper, sigue la Calle Primera hasta el final, donde encontrarás el Gran Lago; allí tiene él su morada.

Nunca más vi a Juan, mi padre.

Ayer Lunes cuando llegue a la oficina, temprano como siempre lo hacía, se me citó al Departamento de Personal, donde el director y “un testigo”, me leyeron las varias causas por las cuales estaba siendo destituido de mi cargo, el que había conservado por cuatro años, con gran fidelidad y esmero . . . creía yo.

Se me acusaba de ser descuidado en detalles importantes de mis funciones, de no cumplir ordenes estrictas de mis superiores, además de ser repudiado por muchos de mis compañeros y subalternos, quienes me acusaban de ser arrogante, además de egoísta y manipulador.

Me sentí humillado, crucificado. El momento, además de ser cruel, era indescriptible y especialmente, inesperado. Mi mente rechazaba las aberrantes acusaciones, las que no fueron hechas en una corte y por lo tanto, no me proporcionaban posibilidad alguna de defensa. Ya había sido juzgado . . . y condenado.

Quise dirigirme a mi oficina, para retirar mis pocos libros, un par de cuadros y propiedades menores que allí mantenía, en un intento de convertir esas cuatro paredes en un segundo hogar.

−No hay necesidad de que lo haga –me dijeron−; a la salida del edificio encontrará dos cajas de cartón con sus pertenencias.

Me estaban sacando a las patadas! Trate de llorar, pero no pude. La ansiedad me carcomía por dentro y necesitaba desahogarme de alguna forma. Era urgente encontrar un ser humano, delante de quien presentar las viles acusaciones, así como mis ideas de defensa.

Me apresuré a llegar a casa; sabía que no la vería a ella hasta dentro de varias horas, pero quería detenidamente ordenar mis pensamientos, para describírselos y así, obtener triunfalmente su soporte y alianza. La amaba; Elly era parte de mi vida. Tres años, dulcemente compartidos. Esperé ansiosamente el momento de su llegada, para expresarle mis quejas.

Cuando ella entró, quise ansiosamente empezar a enumerar mis confusos sentimientos, buscando un desahogo inmediato, el que no logré, pues ella enfáticamente, me dijo: −Flaminio, déjame entrar al baño; después hablamos.

Me senté en la pequeña sala a esperarla; cuando salió, detecté en sus facciones un rictus de amargura.

−Flaminio, −dijo con determinación−, lo nuestro ha llegado a un final; deseo dejarte inmediatamente.

Su categórica revelación me impactó en lo mas hondo de mi ser; me sentí confuso, así como sorprendido, pues no conocía las causas de esta inesperada reacción.

−Me imagino que esperas una explicación −dijo−; los motivos son variados.

−Eres descuidado en detalles importantes para mi, fuera de ser arrogante, egoísta y manipulador; además, he llegado al hastío, pues ni el sexo contigo me satisface. Nunca lo ha hecho.

Elly me acababa de leer mi segunda condena del día. Sin defensa alguna. Quedé inmerso en un limbo de incertidumbre. Al verme entreabrir la boca, agregó: −no digas nada, pues mi decisión es terminal. Hoy parto.

Más tarde, ya en la soledad, como tratando de consolarme a mí mismo pensé: −al fin y al cabo, siempre fue vehemente e impetuosa; además, recordé un conocido adagio: <<las rosas siempre traen espinas . . . >>. Pero la adoraba. Aquella noche no pude conciliar el sueño ni un minuto. Pensé en mi padre y en su amigo, el licenciado Cooper. Mi cuerpo y espíritu estaban cargados de angustia. Sentí que era necesario buscar al famoso consejero, de inmediato.

Muy temprano, empecé a caminar lentamente por la Calle Primera; la mañana era fría y nublada, mas de lo común. La larga calle, muy sola, era flanqueada por enormes cipreses y unas pocas, viejas y descuidadas casonas. A medida que avanzaba, había menos árboles; las casas desaparecieron. La niebla se cerró hasta el punto de que solo veía unos cuantos metros delante de mi. El frío calaba los huesos y junto con la penumbra y humedad reinantes, le daba una atmosfera lúgubre al lugar.

Un leve rumor de agua en movimiento, me hizo deducir que había arribado al Gran Lago. Vi una pequeña caseta de madera, con una puerta y sin ventanas, que se mantenía de pie con la ayuda de cuerdas viejas y clavos mal puestos; al costado, estaba sentado un insignificante hombrecillo, quien fumaba una encorvada pipa, despidiendo bocanadas de humo oscuro. Al verme, no movió ni un párpado. Solo esperó.

−Busco al licenciado Cooper –dije con voz suave.

A pesar de la oscuridad reinante, vi sus negros dientes cuando tosió, contestando: −tome esa pequeña embarcación y reme por unos minutos; llegará a la isla del licenciado.

No me gustó la idea, pues como nunca aprendí a nadar, le tenía fobia al agua.

Después de enterrar mis pies hasta los tobillos en el fango, logré tomar asiento en la frágil canoa; el frío del agua, acompañado por la profunda oscuridad, no lograron hacerme desistir de mi misión. Tomé el pesado remo y empecé a avanzar lentamente. Dos minutos después, descubrí que era buen remero, pues la caseta del hombrecillo ya se veía retirada.

Delante de mi, a unos cien metros, vi la esperada meta. Era una enorme roca sobre la que se había construido inexplicablemente, una casona de mal aspecto, a la que una deteriorada escalera de madera facilitaba el acceso desde el agua.

Mientras amarraba la canoa a un pequeño arbusto, oí un fuerte grito:

−Qué desea forastero! No dé un paso en mis peldaños sin antes contestarme!

Al mirar hacia arriba, hacia el fin de las escaleras, vi un hombre alto en el umbral de la pesada puerta de madera; era delgado, muy pálido, de cara bastante arrugada y luenga barba casi blanca; estaba cubierto por una larga túnica negra. Estará vivo? −pensé−.

Su cabeza revelaba una avanzada calvicie, lo que completaba una imagen tenebrosa y abrupta. Creí detectar en él una actitud de mando, la que se apoderó de mi tímido temperamento.

−El licenciado Cooper? –pregunté.

−La pregunta fue, qué desea! −increpó bruscamente.

−Soy Flaminio, mi padre me dio su nombre hace algunos años –dije tartamudeando.

−Recién empieza la mañana y ya estoy desperdiciando mi tiempo −exclamó−, no me importa quien es usted, estúpido. Quien es su padre!

A pesar de mis limitados conocimientos sobre el comportamiento humano, siempre detesté a la gente impaciente y malgeniada. Algunas veces había pensado que Elly pertenecía a esta odiada categoría, pero la amaba mucho para criticar su modo de ser.

−Mi padre se llamaba Juan –dije con voz casi inaudible.

−Conozco decenas de Juanes, imbécil; su padre no tiene apellido?

−No lo se, señor; nunca lo supe.

−Que idiotez! Estoy ante un hombre que ignora el apellido de su padre! Mejor váyase de aquí!

Con gran decepción, oí el portazo.

Sin esperar, me preparé a remar de vuelta.

Al llegar de nuevo a la orilla, el hombrecillo me preguntó sin interés –lo aconsejó el licenciado?

−No –respondí−, me rechazó enfáticamente.

−Lo siento −dijo−, así ha hecho con varios visitantes, desde que murió hace unos meses.

Mientras tomaba el camino de regreso, me di cuenta que el día había abierto; estaba claro, muy hermoso.

Rafael Ucrós

Cerritos, California

Abril 27, 2013

.

Categorías:ESCRITOSEtiquetas: , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: