EL CIRCO


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El ambiente era muy alegre y los tañidos musicales se confundían con el ruido y hasta se perdían, pues los cuatro o cinco grupos musicales allí reunidos, se irrespetaban mutuamente, mezclando música del recuerdo, con vallenato y con canciones del despecho, tan de moda en la región, más preocupados todos ellos, por devengar un justo pago del cliente de turno, que por interpretar música de calidad. En este pequeño lugar, llamado <<La Placita>>, se reunían todas las noches grupos de serenateros, a amenizarle la borrachera a ricos y pobres.

Tuluá estaba de fiesta y la arborizada plazoleta, llena de bancas de hierro y madera, y faroles luminosos, hervía de gente. Los pequeños locales, servían especialidades de la región, como sancocho de cola, morcillas, caldo de pajarilla, muy recomendado y especial para los borrachos, así como champús, salpicones y manjar blanco, además de cantidades alarmantes de aguardiente local, a precios reducidos porque la Municipalidad así lo exigía; era tiempo de Feria.

Yoli ya le había advertido desde temprano a Liliana:

−Negra, tu sabes que mi familia es muy estricta; no esperes que te acompañe después de las diez de la noche.

−Tranquilízate –contesto Liliana−, no vamos a extender mucho nuestra estadía.

−Negra, haz notado como te mira el hombre de camisa azul brillante, que esta cerca de la puerta aquella? No te ha quitado la vista ni un minuto.

−Sí lo noté, no le des importancia; además, está un poco viejo, no crees?

Un grupo cercano interpretaba una canción del despecho, que hablaba de <<la soledad de los días carcomiéndome el corazón y las entrañas>>. Letra casi ininteligible, por el estrépito del lugar. No importaba, pues nadie quería entender su significado y además, a lo mejor se sabían la letra! Hasta ahora eran las nueve y media; había mucha noche por delante… y además era viernes.

Liliana estaba consiente de que Yoli, aunque era su querida amiga de estudios, no era la persona apropiada para una noche de diversión, pues además de tímida y retraída, tenía un perfil bastante bajo; estaba duramente controlada por su madrastra, quien no la dejaba respirar ni aire limpio. Ella, tenía una relación un poco más amplia con sus padres, quienes vivían en Guayabal, poblado a veinte kilómetros al sur de Tuluá; por esto le permitieron venirse a vivir a las Residencias de la Universidad, para facilitar lo del transporte.

−Negra, el hombre aquel ha hecho un ademán como de acercarse a nosotras; qué crees que debemos hacer?

−Como te dije antes, no lo mires ni demuestres interés –respondió Liliana−; si viene, ya planearé como actuar. –De su modo de hablar, se deducía que ella era la líder.

No acabó de responder a su amiga, cuando notó que efectivamente, el hombre se dirigía hacia ellas. –Quisiera amablemente saludarlas señoritas, como se encuentran ustedes? –dijo extendiendo su mano derecha hacia Liliana, en un ademán de saludo.

Mientras Liliana extendía su mano al extraño, Yoli exclamó: −Nosotras estamos casi de salida, señor.

−Oh, eso es una verdadera lástima –respondió él−, pensé que podría rogarles que compartieran su mesa conmigo.

−Como le dije señor, nosotras estamos casi de salida −se apresuro a repetir con impaciencia.

En este momento, Liliana intercedió: −Permaneceremos aquí por un rato más.

El extraño, detectando un tono de aprobación en la respuesta, procedió a dar un saludo de mano a Yoli −quien tenía expresión no solo de temor, sino de desconfianza− y acercando una silleta, tomó asiento en medio de las dos. Se movía con seguridad y tratando de entablar una conversación, para así romper el hielo, dijo seriamente: −Podría ofrecerles algo de tomar?

−Gracias, yo no tomo licor −contestó Yoli de inmediato.

No pasaron ni diez minutos, antes de que Yoli se despidiera de su amiga y saliera como despavorida, rumbo a casa, no sin antes darle toda clase de recomendaciones y sabios consejos, relacionados en su mayoría con el control del licor y el buen comportamiento.

En la pequeña mesa quedaron frente a frente, los recién conocidos, hombre y mujer, como han quedado anteriormente, cientos de miles en la historia. Una balanza, donde ni el uno ni el otro, sabía que decir, o que hacer.

Él tomó la iniciativa, preguntando −Cual es tu nombre?

−Liliana, pero mi familia y amigos me llaman Negra.

Era una mujer hermosa, de las que llaman la atención de inmediato; su ligero traje de verano, apropiado para el cálido clima, revelaba una piel lozana, profundos ojos color miel, boca carnosa y perfecta y un cutis bastante oscuro –probablemente la razón para el apodo−, cabello largo que le cubría parte de la cara y una prominente barbilla que le daba un aspecto firme. Su cuerpo era bien proporcionado, pero de mediana estatura. Su atuendo revelaba que pertenecía a un estrato social medio.

−Y el tuyo? –preguntó ella.

−Zoltán, Zoltán Milos, es un nombre húngaro –respondio él seriamente, ‘siempre se veía obligado a explicar’−, pero todos me llaman Sol, pues es fácil de recordar. Vienes aquí con frecuencia? –agregó.

−No, no; soy estudiante de Periodismo; estoy cursando mi tercer año –replicó Liliana, tratando de abrirle cauce a una conversación menos tirante−. Mi carrera me apasiona, por eso siempre estoy a la cacería de temas sobre los cuales escribir, por lo tanto vine anteanoche, aquí a <<La Placita>> y decidí hacerlo de nuevo hoy. Me pareció interesante crear algo referente a los músicos, que como ves, aquí abundan. Entre el Miércoles y hoy, recogí muy buena información para empezar a escribir algo.

−Cómo lo haces, memorizas lo que oyes, o tomas notas? −inquirió él.

−No exactamente, tengo esta pequeña grabadora de baterías, la que uso después de que el entrevistado me autoriza. Es una forma muy práctica de hacerlo.

−Ciertamente Negrita –replicó él, mirándola fijamente−, eres lista e ingeniosa, además de muy bella. Te importa si te llamo Negrita?

Liliana asintió con una sonrisa. Estaba lejos de ser estúpida y sabía muy bien, cuando un hombre empezaba su ataque. A sus veintidos años, había tenido varios novios y los dos últimos, habían atravesado con su consentimiento y no pocas veces, barreras prohibidas.

Como toda mujer de esa edad, se ufanaba de saber manejar a un hombre; la única diferencia esta vez, era que Zoltán, −creía ella−, le doblaba la edad. Su experiencia en el mundo de las relaciones humanas, era notoria. Aunque tenía una cara muy agradable, había en él algo enigmático; algo que la ponía a pensar: durante la última hora desde que se acercó a la mesa, no había esbozado una sola sonrisa. Sus facciones habían permanecido totalmente serias. Amables, pero serias.

−Por qué detecto en tu voz, un tono o acento diferente? –preguntó ella.

−Soy hijo de húngaros, pero domino muy poco ese idioma, pues nunca lo aprendí bien. Enormes grupos de tribus nómadas gitanas emigraron de su país de origen, Hungría, hacia España, principalmente hacia el sur, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Entiendo que mis padres se conocían desde muy pequeños; se casaron en España, donde nací yo. Mi madre murió de una extraña enfermedad, cuando yo era muy niño. Mi padre en ese entonces, administraba un pequeño circo y desde ese entonces, la vida circense ha sido parte de su existencia y por mejor decirlo, ha sido la esencia de su vida.

En los años sesenta, antes de la muerte de Franco, la situación en España se hizo insoportable para los extranjeros, por lo tanto, él decidió emigrar hacia Colombia, pues no existían entonces, requerimientos migratorios complicados entre los dos países; yo vine con él, tenía veinte años entonces y llevo aquí otro tanto. El acento que notas, es lo que queda de mi modo de hablar cuando vivía en Andalucía. Perdona que levanto tanto la voz, pero veo que haces un esfuerzo para oírme.

−Sí –dijo ella−, la algarabía aquí es mayor.

−Puedo invitarte a cenar? –inquirió él−, veo varios sitios al otro lado de la calle; podríamos buscar algo…

−Ella asintió.

Despues de caminar por diez minutos, se decidieron por un pequeño restaurante que ofrecía comida mediterránea, un poco retirado del bullicio, pero donde una vieja rocola, emitía sonidos suaves que semejaban música griega o tal vez, libanesa.

Ordenaron un par de cocteles, los que desaparecieron rápidamente, en cuestión de minutos. Después de seleccionar sendos platos del menú, él propuso ordenar media botella de Aguardiente del Valle, a lo que ella accedió.

Usando su dinamismo y abierta personalidad, ella trató en varias formas de enfrascarlo en una conversación divertida, pero definitivamente, él no era una persona jovial, pues participaba en los temas con amabilidad y gran conocimiento, pero sin la actitud animada que ella hubiera deseado.

Cambiando el tema, ella preguntó repentinamente:

−A que te dedicas Sol?

La respuesta llegó después de treinta interminables segundos:

−Soy payaso –dijo seriamente.

La reacción de ella fue desconcertante, pues fué… una sonora carcajada, que se extendió durante medio minuto, por todo el comedor. Varios de los comensales de las mesas adyacentes voltearon a mirar, pues no era normal, oir a una mujer joven y atractiva como ella, reírse de esa forma.

−Payaso! –grito, sin dejar de reir−, por fin dijiste algo gracioso; por fin logré, lo que he tratado durante dos horas, romper el hielo –no paraba de reir.

−No he tratado de romper el hielo; además, qué le ves de gracioso a que yo sea payaso? −inquirió.

Ella no podía detener su risa. –Simplemente, porque uno no conoce un payaso todos los días –replicó−. Te apuesto tu camisa a que en todo este gentío, no encuentras a alguien que conozca un payaso! –dijo graciosamente.

−Tú estás aquí y acabas de conocer uno –dijo sin sonreir−; perdiste tu camisa.

La animada charla –toda iniciada por ella−, no se detuvo por varios minutos. Cuando ella empezó a calmarse, él dijo, de nuevo con la seriedad ya conocida por ella:

–Negrita, he sido payaso por varios años, pues rehusé por mucho tiempo ser algo más, como malabarista, o trapecista, o algo así. Ser payaso es una de mis dos funciones en el circo de mi padre. Escúchame y te explico.

Liliana, al ver la seriedad de él, tomó control de sí misma y prestó la atención que el momento demandaba.

−Cuando llegamos a Colombia −dijo−, mi padre tenía referencia de un circo español en el área del Tolima, con centro de acción en Ibagué. La mediocre <<empresa>> viajaba por toda el área del departamento, extendiéndose a pueblos circunvecinos, en un radio de tal vez, cien kilómetros. Era una compañía pequeña, en decadencia y mal manejada, por lo tanto, se encontraba en una situación económica, precaria. Mi padre sacó los ahorros de su vida y adquirió el llamado <<Circo Burgos>>. Ese era el nombre en aquella época y es el nombre ahora. Él lo conservó.

Yo tenía veinte años y para aquel entonces, mi padre, de temperamento duro y tachado a la antigua, ya había tratado de convertirme en todo lo que puede haber en un circo, a excepción de en <<león>>, en <<hombre tatuaje>> o en <<mujer barbuda>>.

Un día se enfermó un payaso y mi padre me ordenó: −hoy serás payaso! –y desde ese entonces, soy payaso. –Creo que hasta me ha llegado a gustar –agregó−.

−Tu otra función? −inquirió ella, muy atenta.

−He sido por muchos años, una especie de coordinador, planeador y proveedor, de todo lo necesario para que el circo pueda funcionar. Te explico: toda <<empresa>> antes de llegar a un determinado lugar, pueblo o ciudad, esta obligada a tramitar una serie de permisos con las alcaldías locales, lo que le da acceso, entre otras cosas, a traer los animals al area urbana, así como al uso de los servicios de agua potable y energía eléctrica de la localidad. Todo esto se hace semanas antes de lo que se llama el <<traslado>> hasta el sitio escogido. Un <<traslado>> no sucede, sin antes haber recibido el visto bueno de la Municipalidad, con todos los permisos requeridos, además de varios contratos. Todo esto lo hago por telégrafo y teléfono y lo finalizo personalmente, la semana anterior del <<traslado>>. Además, una parte muy importante de mi función, incluye contratar un profesor que le dé clases diarias a los niños del grupo, durante la <<estadía>>.

Por esta razón estoy ahora en Tuluá, me he adelantado al <<grupo>>, como siempre lo hago, para finalizar toda la ducumentación, para el <<traslado>> desde Buga el Lunes próximo. Cuando ésto hago, tengo que quedarme en un hotel de la localidad, ejerciendo mis funciones, como te las describí; alguien me trae mi pequeño trailer cuando el <<grupo>> llega.

El mesero asignado interrumpió, preguntando: −desean los señores algo más? Estaba implicando que la media botella de aguardiente, estaba a punto de morir. Ellos prestaron poca atención, sin embargo, Zoltán hizo un gesto afirmativo, como autorizando traer una segunda, a lo que ella no objetó, pues estaba legítimamente interesada en la conversación. El hecho de la posibilidad de oir historias sobre gitanos y además sobre un circo, le traía grandiosas posibilidades de temas para futuros escritos. Además, a pesar de la diferencia de edades y de su temperamento serio y hasta huraño, Sol la atraía como no lo había hecho nunca otro hombre. Estaba consciente de que cada vez que la miraba, un rayo especial horadaba su entorno, debilitando sus defensas.

A travez de la ventana adyacente a la pequeña mesa, se observaba que una tormenta de verano se avecinaba y una leve lluvia había comenzado a caer, lo que le daba al pequeño restaurante, un encanto adicional al proporcionado por una decoración sobria, pero bien escogida.

Liliana se disculpó, con el pretexto de ir a maquillarse; al ponerse de pie, él se incorporó de inmediato y le retiró la silla como caballero que era, pero rápida y sorpresivamente la tomó de los hombros, girándole levemente el cuerpo, poniendo una mano bajo su barbilla y levantándole levemente la cara; acto seguido, estrelló sus labios contra los de la joven mujer; cuando ella quiso protestar, ya él estaba de vuelta en su silla. Silenciosamente, ella se alejó de la mesa, sonriendo con picardía, lo que naturalmente, no era visto por el.

De vuelta a la mesa, él se levantó, pero esta vez sólo para ayudarla con la silla. −Nos interrumpieron Sol, continúa por favor –exclamó ella−, hablaste de los <<traslados>>, pero también dijiste algo de clases para los niños?

−Efectivamente –contestó él−, en el <<grupo>> hay ocho niños, cuyas edades varían entre los cinco y los once años de edad. La <<empresa>> recibe un subsidio del Gobierno Nacional para tal educación y yo soy el encargado de encontrar, seleccionar y coordinar el profesor en cada <<parada>>. Como notarás, he empleado términos que forman parte del argot nuestro, por ejemplo: <<empresa>>, es el circo en sí; <<traslado>>, el viaje de un pueblo o ciudad a otra; <<grupo>>, son todos los integrantes, sea cual fuere su función, incluídos quienes se encargan del montaje y desmonte de las carpas; la <<estadía>>, los días durante los cuales nos presentaremos al público, etcetera.

Como notarás, la vida nuestra es completamente nómada, de carácter totalmente itinerante.

Sol! –exclamó ella− oírte es realmente fascinante; son cosas que nunca imaginé!

−Ya vas a sacar la grabadora? –preguntó el sonriendo, lo que ella celebró alegremente. Por fin, después de tres horas, él había cambiado su actitud huraña y seca, sonriendo aunque fuera sólo por un momento. Cada vez que ella lo miraba, veía sus profundos ojos, clavándose en su rostro. Estaba consciente de la clase de atmósfera que reinaba en el espacio; sus cuerpos eran como dos imanes que se atraían con increíble fuerza. En cualquier instante, palabras de un lado u otro definirían el campo magnético existente entre ellos.

−Continúa Sol –dijo ella−, soy toda oídos.

−Se me facilitaría si me guiaras un poco sobre lo que te interesa.

−Perfecto, descríbeme como se determina donde va a ir el circo… perdón, la <<empresa>>.

−Muy sencillo; mi padre y yo planeamos los itinerarios con varios meses de anticipación. Por lo general, escogemos pueblos medianos o ciudades pequeñas. De acuerdo con el tamaño del lugar, determinamos si la <<estadía>> es de dos o tres semanas; por ejemplo, aquí en Tuluá, será de tres. De aquí, partimos a Buga, Sevilla, Caicedonia, Calarcá y Ciscasia, un recorrido total de cinco meses.

Un rayo iluminó momentáneamente el área a travez de la ventana y vino acompañado de un fuerte trueno, que sacudió levemente el establecimiento; llovía a cántaros. Liliana haciendo un gesto de desagrado, expresó: −creo que debería empezar a planear mi regreso, pues debo caminar unas ocho cuadras hasta las Residencias, a lo que él respondió:

−En tal caso, yo te llevaría en mi auto, pues como oyes, diluvia.

–Ella asintió.

Zoltán procedió a hacer arreglos para pagar la cuenta y minutos después, con pasos rápidos a causa del chubasco, la guiaba de un brazo hacia su automóvil, aparcado no lejos de allí.

Después de saltar ágilmente sobre varios charcos en la vereda, no sin emitir comentarios alegres y algunas risas, la pareja llegó al vehículo; el la ayudó a subir y se apuró al otro lado. Ya sentado frente al timon, no esperó un segundo; con la oscuridad, el silencio y el alcohol como valiosos aliados, deslizó su brazo derecho alrededor del cuello de ella y aspirando todo el aire posible dentro de sus pulmones, la besó apasionadamente. Ella, como si se hubieran puesto de acuerdo, lo recibió con pasión, entreabriendo su boca y dándole la bienvenida a la breve lucha de lenguas.

Allí estuvieron entrelazados por tres o cuatro minutos, al cabo de los cuales, él la liberó de sus brazos y procedió a poner en marcha el vehículo. Con éste ya en movimiento, avanzó dos cuadras y cruzó a la izquierda por la Calle 48, ciertamente, no en la dirección de los predios de la Universidad. Liliana conocía la ciudad como la palma de su mano; vió que pasaron el puente sobre el río, pero guardó silencio. No hizo comentario alguno, solo esperó.

Un kilómetro y tres minutos más tarde, el auto entró a un parqueadero adyacente al Hotel Imperial. No hubo palabras, preguntas ni respuestas. Él la ayudó a bajarse y la condujo en silencio, al interior del establecimiento.

Al tiempo que se cerró la puerta de la tenuemente iluminada habitación, se abrieron las puertas del paraíso. Se desvistieron con apuro y minutos después, los gemidos de ella, comparables a los de una gata en celo, se apoderaron del silencio; Liliana estaba completamente abandonada al deseo. Zoltán por su parte, recibía con alegría la gran oportunidad de demostrar sus muchos años de experiencia amorosa. −Se cuidó mucho de esmerarse.

Contrastando con el ruidoso lugar donde se conocieron horas antes, el silencio reinaba; solo se oía un viejo bolero, muy quedo, saliendo de un pequeño radio colocado en la mesa de noche, seguramente preparado para momentos como éste. Ella rompió el silencio:

−Es curioso Sol, mi madre me venía repitiendo por algo así como cinco años, que nunca me le entregara a un hombre en la primera noche y hoy lo hice sin vacilar.

−Sí es mujer, −pensó él para sus adentros.

–Negrita −dijo−, por mi parte, siento como si te hubiera conocido por cuatro siglos, en vez de cuatro horas.

−Creo que deberíamos planear la salida hacia las Residencias –dijo ella con tono suave−, a lo que él contestó: −duérmete Negrita.

Le tenue luz del sol valluno se coló por la ventana, indicando que ya estaba avanzada la mañana; ella, observando que él dormía profundamente, se dirigió hacia el cuarto de baño donde tomó una refrescante ducha e hizo buches de agua, usando algo del dentífrico y lavado bucal que allí encontró. Envolvió su desnudo cuerpo en una toalla y salió a la habitación. Oh sorpresa! Allí estaba él, sonriente, sentado en el borde de la cama, en actitud de espera.

−Adonde vas? –inquirió−.

−Me preparo a salir, debo regresar –contestó.

−Tu no vas a ningún lado! –exclamó él, aproximándose de un rápido movimiento y robándole la toalla con suavidad, pero firmeza.

Ella, con un ademán picaresco, brincó hacia la enorme cama, tapándose con la sábana. Allí llegó él como águila detrás de su indefensa presa; la sábana siguió el mismo destino de la toalla y cuando la tuvo entre sus brazos, su lengua se convirtió en una pluma que escribió por horas, poemas en todo su cuerpo.

−Tienes planes algunos, para hoy y mañana? –preguntó él−.

−No −dijo ella−. –Pensaba ir a la biblioteca de las Residencias a leer, pues tengo algo de material atrasado. Por qué preguntas?

−Pues porque los fines de semana para mi son siempre terriblemente aburridos; toda dependencia official de la ciudad esta cerrada, de manera que hasta el Lunes por la mañana continúo mis trámites. Me atrevo con ansias, a proponerte que te quedes conmigo hoy y mañana; ya planearemos algo fuera de lo común –dijo, mirándola con fijeza.

La respuesta tardó un tanto, hasta que, sonriente exclamó: −Tu propuesta me encanta Sol, como tu dices, podríamos buscar algo de interés. Necesitaría… pasar por las Residencias a darme un cambio de ropa rápido, así como para recoger unos enseres de higiene personal.

−Liliana hubiera querido abrazarlo con fuerza y gritarle su respuesta, para revelarle su remolino interno, pero decidió esperar.

Mientras se vestían, él comentó: −Negrita, como conoces bien la ciudad, piensa en sitios de tu gusto en las cercanías, así elaboramos un itinerario para hoy y mañana, algo que enmarque felizmente nuestro fin de semana.

Ya saliendo de las Residencias, ella exclamó vivamente: −Sol, he elaborado un pequeño programa, incluyendo sitios y actividades que creo, te gustarán. Toda mi vida −dijo−, he vivido en los alrededores de Tuluá y aunque desde niña he oído sobre el Lago Chilicote, situado dentro de la ciudad y a pesar de que estado en sus cercanías, nunca he llegado a conocerlo; podríamos ir allí hoy. Entiendo que es un hermoso lugar en cuyo centro crece un enorme grupo de árboles; allí al atardecer, se posan garzas blancas, en tal número que queda totalmente blanco. A sus alrededores hay varios restaurantes. Es lugar para enamorados –se arriesgó a decir, tratando con cierta malicia, de provocar algún comentario de él, el que nunca llegó.

−Además, pensé que mañana podríamos acudir al Coliseo de Ferias, donde hay muchos eventos, shows de caballos, muestras de artesanías, música y comida, qué opinas?

−Tus palabras son órdenes para mí –respondió él seriamente.

Efectivamente, el sitio era hermoso; ellos, su fuerte brazo derecho sobre los hombros de ella, se pasearon por los alrededores, vieron el hermoso atardecer y comieron algo en un pequeño bistro cercano al lugar. En el camino de regreso, ella sugirió: −podríamos parar a escuchar algo de música en la <<La Placita>>, a lo que él asintió. El lugar era histórico para ellos, pues allí se vieron, o mejor, él la había descubierto, hace apenas veinticuatro horas.

De regreso a la habitación del hotel, después de no pocos aguardientes, lo único que había cambiado, era el viejo bolero en el pequeño radio; la misma cama, los mismos muebles, la misma atmósfera cargada de pasión, nó como la noche anterior, pues ahora la lujuria imperaba. No acababan de atravesar el umbral de la puerta, cuando se lanzaron el uno al otro, como gladiadores romanos; el ímpetu del encuentro indicaba que silenciosamente, habían esperado horas para el ardiente instante.

Ella trató de decir algo, pero él le tapó la boca con una mano, diciendo: −No hables Negrita, sólo pon tu mente en blanco, que yo me encargo del resto.

Allí, él hizo realidad el ritual que había prometido. La desvistió bruscamente; ante sus ojos apareció el cuerpo perfecto que había conocido la noche anterior. Con la mano derecha, la tomó con fuerza del cabello, con la izquierda, le sostuvo la quijada, mordiéndole los labios con cuidado pero sin compasión.

Ella, siguiendo sus órdenes, cerró los ojos y puso su mente en blanco por tiempo infinito; solamente, lo dejó actuar. Se oyeron varios viejos boleros, ocho o diez.

Cuando pudo robarse un minuto de su prisión mental, pensó: −Nunca imaginé que un payaso me pudiera elevar a estas desconocidas alturas de pasión.

Él prosigió su cuidadosa faena hasta que al final, ella, para celebrar el intenso momento, profirió una audible serie de fuertes gritos, que la tornó más mujer que nunca y le dió a sus ojos un aspecto casi animal.

–Lo siento Sol –dijo casi avergonzada por su actitud.

−No lo menciones Negrita, en este momento –susurró él a su oído− eres delicada como una princesa y hermosa como un ángel.

El Coliseo de Ferias estaba colmado de gente; la variedad de exposiciones y shows, así como la algarabía reinante, hacían el ambiente propicio para que se divirtieran sanamente, jóvenes y viejos. Zoltán y Liliana, como el día anterior en el lago, se paseaban, su brazo derecho alrededor de la delgada cintura, ella gozando de cosas insignificantes, no así él, quien seguramente disfrutaba, pero sin demostración alguna de júbilo. Ella entendía ésto. Él no era una persona extrovertida, a lo que ella tendría que acostumbrarse.

Varias horas después, ella sugirió:

−Deberíamos planear mi viaje a las Residencias, pues está anocheciendo.

−No quisieras pasar por el hotel a descansar algo? –preguntó Zoltán, esperando una respuesta positiva.

−No Sol –dijo ella, imaginando sus intenciones−. Tengo bastante, mucho que hacer.

Era el primer <<no>> que él escuchaba de ella en casi cuarenta y ocho horas y lo aceptó con resignación. Al llegar a las Residencias, se despidieron apasionadamente. Se besaron por diez minutos; las manos de Zoltán continuaron inquietas como siempre, pero ella lo detuvo. Anochecía y por un momento él sintió la tentación de repetir su invitación, pero el temor al rechazo lo hizo recapacitar y desistir de ello.

El único modo de contacto que tendrían, sería que él dejara un mensaje para ella, en la recepción de las Residencias, lo que Zoltán prometió haría, a eso del medio día.

Muy temprano el Lunes, antes de entrar a la primera clase, Liliana se encontró con Yoli, quien le preguntó con ansiedad:

−Como terminó tu día el Viernes amiguita? Pudiste deshacerte del viejo aquel?

−Ciertamente Yoli, me fuí a las Residencias media hora más tarde.

−Yo no me confío en nadie Negra, no sé como tu lo haces.

A media mañana, casi medio día, Liliana bajó al primer piso, al teléfono público. Marcó el número de la oficina de recepción de la Residencias: −Hay algún recado para Liliana Alves?

Respuesta negativa!

Es temprano –pensó ella.

Cuatro horas más tarde, llamó de nuevo. −No había mensaje.

Es el día del <<traslado>> y Zoltán debe estar muy ocupado –pensó ella, disculpándolo.

Sin embargo, sentía las piernas flojas, una ansiedad terrible; se sentía insegura y no sabía que hacer. Su llamada debería llegar en cualquier momento… pero no llegaba. Al fin de la tarde, la oscuridad le recordaba que ya anochecía. Debía tener noticias.

Esa noche, quiso leer, pero no podía hacerlo. Tampoco pudo conciliar el sueño. Pensaba en los momentos con Zoltán y la piel se le erizaba, los pezones se le endurecían y la mente se le nublaba. No podía creer que un payaso se hubiera atravesado en su vida con tal fuerza. Ya habría de reponerse de ello −pensó−; era cuestión de tiempo.

El Martes muy temprano pensó que no tenía sentido ir a la recepción a preguntar por mensajes, pues al fin y al cabo, durante la noche no los tomaban. Se dirigió a su primera clase. Nunca llegó a prestar atención alguna; nunca oyó lo que el profesor decía. Siempre muy activa en los debates de humanidades, o historia, o de cualquier tema, su mente hoy estaba ausente; estaba solamente pendiente del maldito reloj, para bajar a llamar a la recepción.

Cuando hizo su llamada, la respuesta fue igual que las cinco últimas, negativa.

En este momento, se olvidó  del bendito periodismo, de su familia y amigos, y de todo lo de su alrededor. Se sintió indefensa y sin recursos.

Necesitaba tomarse una pausa y ordenar sus pensamientos. Necesitaba decidir que camino tomar. Determinó que el único camino… era rumbo al circo… perdón, a la “empresa”.

Salió a la calle y al abordar el taxi, dijo al conductor: −Podría por favor llevarme al área donde está localizado el Centro de Convenciones? Entiendo que el circo arribó ayer, cerca de allí.

−Si señorita, se exactamente donde está el lugar.

Ella sintió un alivio, como si esto le resolviera su problema.

En la distancia, vió la enorme carpa empezando a erguirse sobre el piso de cemento. Según su descripcion, la armada de la carpa principal, más las dos secundarias, se demoraba de tres a cuatro días. Detrás de ellas, había una pequeña barricada, que demarcaba el área donde estaban los <<trailers>> de los artistas y trabajadores, así como las áreas designadas a los animales.

Caminó los cuarenta metros entre la calle y lo que tomaba forma como el frente del lugar, buscando un rumbo a seguir. Allí vió el enorme aviso con festivas y enormes letras de colores chillones: <<Circo Burgos>>.

Se arriesgó hacía la parte de atrás, por lo que parecía ser una vía principal; el área estaba predispuesta, como una mini-ciudad, con calles secundarias y todo; decenas de prendas de vestir adornando improvisados tendederos en los vehículos, completaban la escena. Había bastante gente con actividades varias, vió niños corriendo, vió unos  veinte <<trailers>> caprichosamente estacionados en el área. No había nadie vistiendo colores ni lentejuelas, pues era época de armar. El <<glamour>> empezaría en dos días.

La mente de Liliana se distrajo por momentos de su principal objetivo, pero de pronto su corazón sufrió un tropiezo y se detuvo bruscamente; se le nubló la visión y también creyó que había perdido el habla.

Había visto, a unos cuarenta metros al frente a ella, a Sol.

Él, caminaba junto a una mujer de bastante baja estatura, el brazo izquierdo de ella enlazado al derecho de él; llevaban un lento ritmo, conversando y sonriendo al mismo tiempo. Instantáneamente, él viró hacia la izquierda y se perdió de vista, por una de las pequeñas <<callecitas>>.

Se encontro sóla y desorientada. Trató de recuperarse y sacar fuerzas de donde pudiera. Su experiencia en esta clase de situaciones, era inexistente, por eso hubiera querido tener ayuda del diablo, porque había oído que era bien malo, o por lo menos de su amiga Amanda, que era una paisita mas grosera y atravesada que el carajo.

Estaba segura de que él la había visto. –Él me vió! –se dijo para sus adentros. –Él me vió!

Se sentó en una escuálida banca de madera, mirando al piso y trató de calmar su terremoto interno, escondiendo su cara entre sus dos manos. Respiraba muy profundo, cuando vió muy enfrente suyo, sus zapatos.

−Hola Negrita, que haces por aquí?

Al levantar sus ojos, lo vió esbozando en su cara una leve sonrisa a las que él no daba existencia muy a menudo. Ella, trató de serenarse, pero no pudo.

−Quien es ella? –gritó Liliana, levantando su cara, totalmente fuera de control.

−Quien es quien? Cálmate niña, quien es quien? –preguntó él en voz alta, pero tranquilamente.

−Quien es ésa? –increpó ella con furia, apuntando su dedo índice hacia la dirección donde los había visto.

−Oh, si preguntas por aquella, esa es mi mujer –contestó con calma él.

−Tu mujer? Nunca me dijiste que eras casado!

−No lo soy. Ella es sólo mi mujer; vive conmigo hace seis años –dijo fríamente.

−Nunca mencionaste que tenías una mujer! −replicó Liliana, empezando a llorar.

−No llores Negrita, tu eres tan culpable como yo; nunca hiciste pregunta alguna; sólo gozaste del momento, como lo hice yo –dijo cínicamente.

−Sol, eres una rata asquerosa!

El guardó silencio.

−Sol, eres un hijo de puta!

Él dio media vuelta y se alejó, caminando lentamente –girando su cabeza de un lado a otro.

El Miércoles por la mañana, tan pronto como Yoli divisó a Liliana, le preguntó sin reparos:

−Por fin no viste al viejo aquel de nuevo?

−Te dije que no Yoli –contestó la Negra−; era sólo un payaso!

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2 comments

  1. Qué payaso tan hp y qué Negra tan pen… Excelente hisstoria!

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