MUJERES MAYORES


MUJERES MAYORES.

Hace unos días, me preparé a tomarme un merecido reposo, después de un hermoso recorrido en mi bicicleta hacia la playa en Seal Beach; me apoderé de una banca de hierro y madera en la pequeña terraza, con hermosa vista hacia la amplia playa y procedí a beberme mi obligado refresco de “aguapanela”. Había pedaleado cerca de cuarenta minutos y necesitaba un descansito antes de mi viaje de regreso a casa. En la banca a mi derecha, a unos tres metros, no pude observar la mujer que estaba leyendo cabizbaja. Me pareció que era una mujer mayor, pero no la vi bien… pues estaba un poco de espaldas y ni me miró. Tu te das cuenta cuando alguien te ignora y esto fue exactamente lo que sucedió. No estoy tratando de decir que me debería haber mirado, no. Me llamó la atención, pues era un espacio reducido… y ella ni me determinó.
Para mi historia, la voy a bautizar Susie, la del libro.

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En la banca al lado izquierdo, a unos tres metros también, había una típica rubia “californiana” de unos treinta años o algo así, quien, tengo que confesarlo, me “robó” la atención. Era el fin de Octubre, por lo tanto, todavía el sol quemaba un poco y así lo demostraba la hermosa epidermis color canela oscuro de mi vecina. El pequeño bikini dejaba al descubierto bastante piel, además de un busto bastante voluminoso; como estaba sentada comiéndose un helado, no la vi de pie, pero me atreví a adivinar, que tenía un “cuerpazo”.
−Bonita bicicleta. –me dijo−.
−Gracias. −le contesté−.
Para mi historia, la voy a bautizar Lona, la del helado.

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Unos pocos minutos después, arribó al lugar, un hombre, quien tenía mucho en común conmigo, por eso me llamó la atención. Para empezar, también llegó en bicicleta, la que se apresuró a colocar, en un soporte de metal junto a la mía, frente a las tres bancas. El hombre llevaba lógicamente, atuendo de ciclista, como el mío; el apretado pantalón de lycra revelaba unas voluminosas asentaderas, como las mías; su camisa, apretada y también de lycra, se abrazaba al contorno de su cintura, mostrando unas exageradas llantas, como las mías y en fin, su cuerpo era el de un hombre mayor, como el mío. En su cara, para finalizar, también se revelaban algunos estragos causados por la edad, como los míos.
El, después de quitarse los guantes y el casco, descubriendo una pronunciada calvicie, como la mía, procedió a mirarnos a los ocupantes de las tres bancas y muy sonriente se apresuró a sentarse junto a la del bikini, quise decir a la del helado, es decir a Lona. La saludó en voz alta y como ella era algo receptiva y amable, contestó su saludo.

Entonces el idiota este, después de hacer alusión al hermoso día y a la concurrida playa y después de unos cinco minutos de conversación trivial, procedió a decirle todavía en voz bastante alta: −No podría invitarte a irnos a Charlie’s Bar, donde podríamos tomarnos un par de cervezas y conversar un rato? –y agregó−, −queda solo a media cuadra de aquí.
−No acostumbro a juntarme con hombres mayores, especialmente si revelan tener la edad de mi padre, −respondió Lona bastante fastidiada−.
−Acto seguido, se puso de pie, revelando que sí tenia el cuerpazo que yo me había imaginado… y se alejo lentamente, no sin antes agitar una mano hacia mi, en un ademán de despedida−.

El hombrecillo, así lo voy a calificar, me miró, esbozando una forzada sonrisa, que revelaba algo de vergüenza, pero más que todo, un cinismo exagerado. Se dirigió a su bicicleta, la que aseguró con un candado al soporte de metal y se dirigió hacia los restaurantes, seguramente hacia Charlie’s Bar, a tomarse las cervezas solo y a analizar su fracaso.

Después de recapacitar durante un par de minutos, pensé para mis adentros, que el hombrecillo en cuestión, acababa de exponerse a un escarnio público deplorable y no justificable. Que idiotez tan grande.

Momentos después, Susie, la del libro, se levantó de su banca. Observe ante mi, a una hermosa mujer quien tal vez rondaba los sesenta años; tenia buena estatura y un cuerpo esbelto, que muchas jovenzuelas hubieran envidiado. Su prominente quijada, contrastaba con unas facciones suaves, dándole a su hermosa cara, una expresión inconfundible de seguridad y confianza en sí misma. Lógicamente, ella tenía, no solo en su cuerpo, sino en su cara, todas aquellas muestras inevitables de su edad, las que no la hacían menos sexy.
−Vea usted, −dijo dirigiéndose a mi−, −esta clase de hombres, son los que desprestigian enormemente al sexo masculino; su afán de hacer una conquista ridícula, les bloquea la mente. Imbéciles!
−Sin decir algo más, se alejó con paso firme, con su libro bajo uno de sus brazos−.

Un rato después, al terminar mi “aguapanela”, empecé mi viaje de regreso; tenía unos cuarenta minutos de pedaleo y el tema del hombrecillo y su fracasado ataque, se apoderó de mi mente.
Sin ser un experto… pensé:

Una mujer mayor, estoy hablando de las que cuyo elevador ya pasó el quinto piso y tal vez el sexto, tiene encantos, que solo hombres sensatos pueden apreciar, descubrir y admirar. Sus cuerpos, ya han sufrido las inclemencias del paso de los años, pero ellas saben que todo ser humano está expuesto al mismo fenómeno, de manera que con la frente alta, enfrentan con seguridad a algún candidato que empiece a merodear alrededor de ellas, sabiendo que las arruguitas y los músculos flojos de él, acompañados de la infalible celulitis, serán acompañantes de los suyos propios. Pero cuidado! Ellas no se preocupan ya por sus cuerpos; creo que le llevan esa gran ventaja a las jóvenes. Además, por su experiencia, pueden manejar la seducción, la pasión y la coquetería, como si fueran naipes en un juego de póker.
Las hay que han enviudado una vez y hasta dos veces; han enterrado a uno… o dos. Las hay divorciadas una o más veces; estas son las que más experiencia tienen en relaciones humanas, pues han atravesado varios caudalosos ríos, por lo tanto, saben nadar contra la corriente.
Ellas, pueden vivir solas sin ningún problema. Las que no quieren esto, se concentran a conciencia en la escogencia de un nuevo candidato. No digo que están buscando con ansiedad. No. Solo están listas. Para llevar tan magna tarea a cabo, se toman el tiempo necesario y respaldadas siempre por su experiencia, se proponen encontrar valores que sus antiguos compañeros tenían… o a lo mejor, no. Pero son valores, que siempre han deseado.
Posiblemente ellas tengan una carrera y hasta nietos a quienes cuidar de vez en cuando. Tienen su vida armada y no necesitan la ayuda de nadie. Una mujer mayor no va a centrar su vida en un hombre, pues tiene sus prioridades claras; su nuevo hombre, si logran conseguirlo, tiene que amoldarse a sus compromisos, de toda clase. Tienen la libertad de poder disfrutar sus vidas, sin preocuparse por resolver determinados asuntos sin trascendencia.
Muchas de estas mujeres mayores poseen su propia casa, auto e independencia económica. Y en ese sentido no tienen expectativas o deseos de que el hombre se encargue de sus necesidades.
La autoridad es otro rasgo que capta la atención de los hombres. Ellos saben que una mujer mayor y con experiencia de vida no va a dejar que un hombre le pase por encima. Ellas son decididas y saben cuándo y cómo quieren lo que quieren. Ese control de sí mismas, es una cualidad “sexy” que las caracteriza.
Está comprobado que de la misma forma que su contraparte, los hombres, las mujeres mayores sienten deseo sexual hasta una entrada edad; la enorme diferencia, es que mientras ellos tienen frecuentemente problemas con la maldita y esperada erección, ellas están siempre listas, sin necesidad de tomar incómodas pastillitas, para tener un buen desempeño. Ellas no sienten temor alguno de tener un vergonzoso fracaso, cuando están en el ruedo, es decir, en la cama. Además, saben lo que quieren, lo que les da cierta autoridad allí. Todas estas cualidades materiales, hasta podrían animarlas a tener una que otra aventura, aunque sean encuentros fortuitos de un solo día.
Muchos creen que los hombres no pueden resistirse a las mujeres jóvenes e inmaduras, lo que es un concepto equivocado, pues es todo lo contrario: la experiencia, la independencia y el control, pueden y deben ser un gran afrodisíaco para los hombres.

Ya he vuelto al parque de Seal Beach dos o tres veces; sobra decir, que he tomado asiento en la misma banca de aquel soleado día de Octubre, sólo con el propósito de encontrarme de nuevo al hombrecillo aquel… pero no lo he vuelto a ver.
Pero si algún día se me aparece el idiota ese, le diré: −No seas estúpido carajo, consíguete una mujer mayor ! !

Rafael Ucrós
Cerritos, California
Diciembre 1, 2014

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El contenido de este post es de mi autoría, sin uso de fuentes externas.

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3 comments

  1. Que buen relato pero mejor aún, que buena reflexión! Gracias!

  2. Está excelente y muy entretenido tu relato, pero no sabía que estabas hablando de mí. Muchas gracias por esa descripción tan acertada y nutrida en cumplidos; sé que eres un caballero a carta cabal, y por eso me parece más interesante y verídico tu relato. Como siempre, “te fajaste, Rafa!”

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